Todavía percibía el retumbar de los tambores vibrar en mis huesos, era una sensación extraña, pues, en lugar de inquietarme, me relajaba los músculos y el cuerpo lo sentía cada vez más pesado. Si me sentaba en ese preciso instante, probablemente fuera ahí donde terminase de pasar la noche. Frente a mí, Asuncion arrullaba a Damián siguiendo los últimos cánticos de la ceremonia, con una tonada suave para no perturbar el sueño del niño.

A pesar de ya habernos alejado un gran trecho de la caleta, los árboles y arbustos que bordeaban el camino seguían iluminados por la llamarada de la hoguera, mientras el cielo encapotado se asemejaba a un vórtice inyectado de lava, dándole al entorno un aspecto fúnebre, como si el sol de verdad hubiera desaparecido y lo único que se podía hacer a continuación fuera recrear su fantasma con el único elemento que se le parecía.

Me estremecí involuntariamente, a pesar de que el agradable aire disipaba los calurosos vapores acumulados durante el día, en especial durante la ceremonia del Año Solar.

La forzada instancia a la que seguíamos sometidos, consecuencia de la lenta recuperación de mi pierna, comenzaba a formar una irrisuta neblina alrededor de mis convicciones y creencias. Cada día era apaleante ser testigo de la contraposición a la que se enfrentaban las enseñanzas que recibí en mi juventud en el convento Tres Ortigas, las de la misma sociedad inclusive, y lo que veía de primera mano respecto de quienes nos acogieron. Negar lo evidente, de hecho, me dejaba el pecho comprimido y la cabeza atenazada de remordimientos. La única verdad era que me habían salvado sin vacilaciones ni dudas, me habían tomado y traído allí a recibir tratamiento, al igual que a otros como yo. Si hubieran decidido abanadonarnos o a limitarse a recuperar a su gente y dejarnos como botín de guerra a los animales que ya nos habían tomado prisioneros desde mucho antes que llegaran, nadie se los habría reprochado; habíamos sido nosotros, en primer lugar, los que decidimos mirar a otro lado, dejando que los pueblos originarios vulnerados cayeran presos de la ambición de ciertos grupos protegidos por el gobierno que nos subyugaba.

El vórtice de la gratitud, sin embargo, le quitó al enemigo ese velo de ferocidad maliciosa del que solo los demonios hacían gala de poseer, revelando, en su lugar, a los hombres y mujeres detrás del miedo. Y en medio estaba yo. Aquellos ambiguos relatos, en los cuales nunca se sabía por qué hacían lo que hacían, comenzaban a cobrar sentido y mis ojos, menos teñidos de prejuicios infundados, comenzaron a verlos, a reconocerlos, aún en contra de mi voluntad, como seres humanos llenos de matices. Era un pueblo que merecía más que solo ser tachado de salvaje.

Miré sobre mi hombro. La imagen que se abría en el horizonte me dejó asombrada y un poco recelosa; las lenguas de fuego habían adoptado el aspecto de una mano extendida, como si tratara de alcanzar la negrura del cielo y perderse en ella, la estructura era fina, casi delicada. Asunción decía que La Esencia Eterna de la Vida carecía de género, pero si ella también estuviera viendo lo que yo, cabía la posibilidad de hacerla titubear, aunque fuera una pizquita, cada que escuchaba a los niños referirse a Las Esencias como dioses y diosas y los obligaba a sentarse alrededor de ella para que escucharan con atención las historias antiguas.

Asenté de más la pierna convaleciente. Los músculos todavía resentidos fueron atravesados por un ardor sordo que se extendió hasta la columna vertebral. Si alguien me hubiera dicho que me estaba quemando, le habría creído. Estiré el brazo en busca de un tronco o rama del cual sostenerme en tanto pasaba el escozor. Odiaba la sensación que quedaba después, era como recibir mordeduras de hormigas de fuego a cortos intervalos. Mi mano no alcanzó a llegar a ningún lado, alguien la había sujetado. Parpadeé repetidas veces para deshacer el cúmulo de lágrimas que me invadieron los ojos, pero, a pesar de lo borrosa de mi vista, identifiqué los calzones y la camisa de ante, dándome una idea de quién se trataba.

No me equivoqué.

El señor Franco envolvía mis dedos con los suyos, podía sentir su cálida palma debajo de la mía. Era un agarre firme, a la vez que amable. El juego de pies, sino el crujido del monte bajo estos, puso en sobreaviso a Asunción, que se giró y nos miraba con sus enormes ojos bien abiertos. El pequeño Damián dormitaba a pierna suelta, era un peso muerto entre los brazos de la joven.

Mama

El vacilante tono de voz de la muchacha trajo a colación lo que dijo la noche anterior. «Sanador muy pendiente de usted. No es de fiar». No, claro que no lo era, pero era el único puente que teníamos con Canek, Señor de la aldea. Le hice una seña con la mano para restarle importancia a la situación.

—Está bien, niña. Lleva a Damián a la choza, ya los alcanzo.

Aunque el reproche nadaba en sus ojos, Asunción asintió y continuó andando de regreso a la empalizada.

Volví a fijar mi atención en aquel sanador. Llevaba el cabello recogido en una trenza medio deshecha, algunos mechones enmarcaban su rostro anguloso confiriéndole un aire salvaje y hosco, en especial esa noche gris. Su mirada aviesa se había mantenido fija en mí todo el tiempo, algo muy propio de él cuando un paciente no seguía sus indicaciones.

—¿Qué caso tiene desperdiciar mis emplastos contigo? —preguntó en tono frívolo.