El sol se ocultó demasiado pronto para Fernando o, quizá, su desesperación por saber lo que hacía su esposa lo mantenía tan inmerso en sus pensamientos que apenas notó la oscuridad que envolvía cada rincón de esa inmensa casa.

Se levantó del sillón y avanzó a tientas por la sala hasta llegar a la barra que Griselda le sugirió construir para las fiestas que a ella le gustaba organizar. Jaló el banco de la orilla y se dejó caer con pesadez. Había estado tantas noches allí que sabía perfectamente la ubicación de todo: vasos, botellas, contenedor de cubos de hielo y lo demás. En lugar de servirse su güisqui predilecto, sacó la botella con matices negros de José Cuervo, no se molestó en servirse un caballito porque tomó directo de ella. El primer sorbo le raspó y calentó la garganta, soltó un gruñido y limpió el líquido que escurría por la comisura de su boca.

Mientras bebía su imaginación le restregaba lo patético que era al aferrarse a una persona que tal vez ya no le amaba. El recuerdo de Laurita, la muchacha, preguntando sobre el lugar donde debía guardar aquellas medias, oscuras y sensuales, que evidenciaron la falta de su esposa lo asaltó, enfureciendo. Empinó la botella sobre sus labios y bebió como si de agua pura se tratase. Odiaba y amaba al mismo tiempo a Griselda.

Ella nunca aceptó su culpa, lo trataba de obsesivo y exagerado, y cuando este no soportaba pretender que todo seguía igual e iniciaba otro enfrentamiento sus eficientes recursos eran gritarle o golpearlo en el pecho, eso sí, el herido hombre no dudaba en decirle lo loca que estaba antes de irse. Ambos se herían. Con palabras. Con silencios.

Dejó la botella sobre la barra, en ella quedaba poco menos de la mitad, lo suficiente para hacer de la vista de Fernando algo borrosa. Por fin logró acallar las voces que le gritaban ir a buscarla para retenerla en ese frío lugar que muchos años antes llamaron hogar. Él no quería volverse un monstruo. Ya era suficiente cargar con la vergüenza de no haber sido suficiente hombre para su esposa, que ni tarde ni perezosa corrió a los brazos de otro. Sin embargo, el fuego de la impulsividad que sembró la sustancia ingerida era voraz y con cada segundo que pasaba iba acuñando todas esas dolencias y amarguras que Griselda le hizo pasar.

Tambaleando se dirigió a la habitación compartida. Pese a lo perdido que se sentía llegó a la conclusión de que no le daría otros cuantos motivos a su esposa para que siguiera siendo una tozuda. Se acostó con la mirada fija en el techo.

«¿Cuándo se fue todo a la fregada?», pensó. Quiso creer que a partir del mes que viajó a Boston, hace más de dos años, para ayudar a un antiguo colega. Lo que no sabía era que su esposa llevaba mucho tiempo siendo infiel con el pensamiento. Con las miradas. Por eso no se tentó el corazón para acceder a encontrarse con aquel hombre sin rostro, pero que en el fondo Fernando sabía lo similar que podían ser, porque Griselda no se alejaba del prototipo que escogió desde niña, uno idéntico al padre que la vio crecer, a su suegro que en paz descanse. Lo intuyó, el instinto pocas veces le fallaba, pero el miedo a quitarse la venda lo hizo mirar a otros lados, huyendo a la verdad inminente. A veces deseaba que Laurita nunca le hubiera mostrado esas preciosas medias con olor a detergente, o que él ese día hubiera amanecido agripado para no sentir la fragancia y creer el intento de mentira que ella le dio al preguntar, ignorando la rigidez en su cuerpo. Soltó una risotada al recordar sus palabras y cubrió su rostro con las manos, las lágrimas impetuosas rodaron por sus mejillas. Odiaba sentirse vulnerable. Odiaba no saber quién fue el desgraciado que le arrebató a su mujer, a su hermosa y amada mujer. La odiaba por no haberlo querido lo suficiente como para dejarse envolver por otros brazos y se odiaba por no poder odiarla realmente. Y eso era lo peor, tejer todos esos pensamientos lo dejaban como el trágico y patético tipo que no quería ser.

El tintineo que hacía la cerradura de código cada que alguien ingresaba a la casa lo puso en alerta y al mismo tiempo cerró los ojos con fuerza. Verla borracho acabaría con su fachada frívola que creó para castigarla. Aunque vivían bajo el mismo techo, la interacción física desapareció. Sí, en un matrimonio podían vivir sin hacer el amor, no obstante, Griselda de vez en cuando se acercaba a Fernando, quien, aún teniendo el impulso de hundirse en ella, le daba la espalda y se rodeaba con sus brazos, porque ese cuerpo ya no le pertenecía y recibir migajas le parecía humillante y doloroso.

Los tacones golpeando las baldosas resonaron por toda la casa y con ellos los latidos de Fernando aumentaron, por segundos sintió que el pecho le estallaría, pero se calmaba al concentrarse en ese fuego de dolencias que ardía en su interior. Entonces, se abrió la puerta y los pasos se acercaron a él. Sintió unas manos en su tobillo derecho. Le quitaron el zapato. Se repitió la acción con el izquierdo. Las calcetas. Una manta lo cubrió. Ya no pudo más y abrió los ojos. El rostro somnoliento de Griselda estaba a unos centímetros del suyo, parecía que iba a depositar un beso en su frente, pero se detuvo al ver el brusco aleteo de sus párpados, ella agachó la cabeza un poco para que pudieran verse mejor con la poca luz que entraba del ventanal.

—¿Te desperté? —preguntó apenada—. Parecías un dulce bebé tomando la siesta.

La leve sonrisa que se formó en los labios de ella le estrujó el corazón y, antes de que pudiera emitir alguna orden a sus extremidades, acunó el pequeño y redondo rostro de su esposa. No podía dejar de mirar esos labios acorazonados teñidos de un leve color rojizo. Necesitaba devorarlos. La necesitaba desesperadamente. Griselda comprendió la lividez en esos ojos marrones e igual que él deseaba fundirse en sus brazos, en su hombría que nunca la dejaba sin saciar. Con temor acarició el contorno del rostro de Fernando que cerró los ojos, sus párpados temblaron con cada toque.

—Mi amor, déjame hacerte el amor.

El ronroneo implícito en la súplica lo desarmó. Tiró de ella sin delicadeza, quedando tumbada a su lado con las piernas sobre las suyas. Llevaba un bonito vestido con tirantes de cordón que relucían un moño sobre los hombros, lo cual le facilitaría la labor. Lanzó la cobija al suelo y se puso entre las piernas de su esposa, las acarició con tanto fervor hasta llegar al elástico de la licra, se deshizo de ella, de las bragas y los tacones que no le permitió quitarse minutos antes. Griselda volvió acercar las manos a su cara, pero esta vez no se dejó tocar. Imaginarla haciendo lo mismo con el otro le dio asco.

Fernando bajó de la cama. Sin alejarse mucho se quitó la ropa, prenda por prenda, lo que aumentó las ansias de la mujer. El deleite de observarlo desnudo, de centrarse en el pene erecto que tanta falta le hizo, se reflejó en los pinchazos de su cavidad y en su pesada respiración. El causante de sus anhelos, abrió la gaveta del buró y sacó una caja de condones, un escalofrío le recorrió la espalda y todo ese deseo contenido se apagó. Ellos jamás usaron preservativos ni antes ni después de casarse, se sintió atacada, degradada, pero permaneció quieta, observando los controlados movimientos de su marido.

Habiéndose asegurado que se lo puso correctamente volvió a la cama, jaló los tobillos de Griselda y sin preguntar, como todas las veces que lo hicieron, la penetró duro. El quejido que abandonó la garganta de ella pareció no ser percibido, ya que volvió a penetrarla con mayor brusquedad.