Andrea Montero | Jamie Fraser

A veces es difícil respirar

Saga Outlander

Los huesos le dolían, el aire gélido los atravesaba como  cuchillas a cada segundo. Miraba a su alrededor y no  había nada más que árboles gigantescos que jamás antes  vio, peñascos y necias malezas que se enredaban en lo  poco que quedaba de sus pantalones de mezclilla negros.

Llevaba horas buscando la carretera pavimentada, pero seguía encontrándose con bosques densos, así que  prefirió recorrer el sendero de tierra estrecho y  zigzagueante. No sabía cómo había llegado a esa  situación, lo último que recordaba era haberse quedado  dormida en el sofá frente al televisor, veía una serie, la  favorita de Paloma, pero el cansancio que le dejó el  trabajo fue más fuerte que la desgraciada situación del  personaje principal. Terminó despertándose cerca de un  lago con la mano sumergida en éste y el cuerpo  entumecido por la ventisca frívola de la madrugada. Al  principio pensó que soñaba, se pellizcó y golpeó  repetidas veces, pero nada de lo que tenía alrededor se

desvaneció ni las paredes cálidas de su casa la arroparon,  así que no le quedó más que aceptar que se hallaba en un  lugar desconocido con ropa poco adecuada y  desorientada.

Se las ingenió para saciar el hambre y otras  necesidades básicas y aprendió a disfrutar la maravillosa  vista cada que subía algún peñasco o montículo  parcialmente alto; los halos del sol bañaban de dorado las  grandes extensiones de tierra, resaltando el verdor y el  brillo de los riachuelos que descienden de algún risco y  desembocan en cuerpos de agua más grandes. El aire era  menos pesado de lo que recordaba y el silencio más  atronador que nunca; sabía que seguía existiendo por el  arrullo de las hojas mecidas por el viento y del crujido de  aquellas que se desprendieron de sus ramas y tuvieron  que perecer bajo las suelas de sus botines. Si llevara ropa  de acuerdo a la temporada, se habría echado entre las  raíces de algún árbol por el simple placer de mirar, pero  conforme el sol iba dejando el cielo, la temperatura  descendía con una brutalidad espasmosa.

El sendero se volvió empinado y comenzó a  rodearse de pinos, volviéndose éstos cada vez más altos  conforme iba avanzando. El extraño ruido de cascos la

hicieron detenerse y orillarse a la espera de que no solo  fueran caballos, sino que hubiera alguien con ellos y así  poder pedir ayuda o, al menos, enterarse de dónde  estaba. Tardó en aparecer el causante del ruido; era un  caballo de pelaje negro y brillante, corpulento y mucho  más alto que los que conoció viviendo en el ejido Madero,  patas anchas y alargadas y de cabellera salvaje. La  imponencia del animal era igual de abrumadora que la  de su jinete. Un hombre de musculatura robusta y  facciones filosas pero elegantes, de cabello rojizo peinado  hacia atrás y recogido en una coleta baja que descansaba  sobre la nuca. Andrea contuvo el aliento sin darse cuenta  al reparar en la peculiar vestimenta del hombre. Llevaba  una camisa blanca con chorrera que cubría los primeros  botones de plata del chaleco gris, mismo que quedaba al  resguardo de la casaca del mismo color, la parte inferior  tampoco era esplendorosa, pues estaba conformada por  unos calzones ajustados y medias blancas que llegaban  bajo las rodillas. Sus zapatos no estaban mal, se parecían  a los mocasines, eran negros y en el empeine llevaba un  adorno rectangular dorado. Un atuendo muy acorde al  siglo XVIII.

Tal vez era un loco, pensó Andrea, pero ese loco  podría convidar algo de información y si le iba muy bien,  algo con qué abrigarse. Alzó ambos brazos y comenzó a  agitarlos de un lado a otro sobre su cabeza para llamar la  atención del hombre. No parecía dispuesto a detenerse,  suposición que afirmó al notar dos caballos, a varios  metros de distancia, siguiéndolo. En lugar de retroceder,  Andrea se apresuró a ponerse en medio del sendero sin  dejar de agitar los brazos. El montañés gruñó y le pidió  con gestos de la mano que se quitara, pero ella siguió  enfrascada en su sitio. Estaba harta del frío y cualquiera  de las dos opciones que le quedaba, moverse o quedarse,  la conducirían al mismo desenlace. La muerte.

Conforme la distancia entre el caballo y ella se  reducía, comenzó a caer en cuenta de la rapidez en el  tropel de los animales. Retrocedió con la boca seca,  hubiera salido corriendo a resguardarse detrás de algún  tronco cercano de no haber visto la mano extendida del  pelirrojo, la invitaba a tomarla y a subir para seguir  poniendo su vida en peligro. Su corazón se volvió un  fuelle comprimido que retoma su función en cuanto la  piel de sus dedos se aferró a la muñeca del extraño y éste  hizo lo mismo, su agarre hizo torcer la boca de Andrea en

una mueca de dolor que se mantuvo con el tirón y la  fuerza del viento al chocar en su rostro mientras su  cuerpo se alzaba para montar el caballo de golpe. La  punzada en su entrepierna fue otro obsequio inesperado  del día. La dona que ataba su cabello se rompió, cayendo  éste en su rostro por unos segundos, ya que el viento  ayudó a echarlo atrás, solo que ahora con nudos y  enredos espantosos.

Se aferró a la cintura del hombre con las manos  frías y temblorosas; agradeció el exceso de ropa de éste  para al menos fingir que no estaba asustada. La voz  estrepitosa le habló en inglés con un acento bastante  peculiar.

—No te entiendo —gritó Andrea cerca de su  hombro.

—Oh, hablas español, pero no luces como una  española —gritó también y se encogió de hombros—.  Estás de suerte, muchacha —canturreó. Desde la posición  en la que estaba, Andrea notó una ceja enarcada y el final  de una sonrisa divertida. Se veía tranquilo a pesar de  tener dos hombres pisándole los talones, mismos que se  hicieron escuchar con palabras que no entendió—.